Bernardo Muñoz Carvajal

Espacio personal de Bernardo Muñoz.

Mes: octubre 2016

La corrida del constitucional

Magistrados del Constitucional viendo una corrida de toros

Magistrados del Constitucional viendo una corrida de toros

Hace unos días el tribunal constitucional invalidó la ley de igualdad catalana. Ahora pretenden obligarnos a restablecer las corridas de toros.

O sea, nos quieren machistas y psicópatas. Por las buenas o por las malas.

Nadie descarta que de aquí a dos días exijan también matarnos a vinos, soltar gargajos por las aceras, rascarnos los cojones por encima del pantalón, tatuarnos en el pecho la cabra de la legión o irnos de putas, en el supuesto de que, por cuestiones de género, no ejerzamos.

Lo peor es que el Tribunal Constitucional está convencido de que tales imposiciones preservan la esencia pura de los valores patrios, lo que evidencia  qué clase de idea tienen del país en el que viven. Y de sus ciudadanos.

Se podría decir que las resoluciones del constitucional son maná para el secesionismo. Y es cierto, pero no sólo por el contenido de las sentencias sino por su empeño en perpetuar una imagen de España, folclórica e irreal, que alimenta también de tópicos el imaginario de buena parte del independentismo. Y es que en Catalunya no son pocos los que creen que, más allá del Ebro, España está poblada por una suerte de cromañones sin más deleite que ver lancear toros, llorar a Franco, (o a Aznar o a Felipe González) vivir sin trabajar y quebrarse la laringe cantando flamenquito.

Como si Catalunya fuera un territorio libre de caspa.

En estos tiempos de cultura de usar y tirar, en los que las ideas tienden a simplificarse hasta transformarse en arquetipos, alimentar estereotipos es peligrosísimo. Y hacer pedagogía para combatirlos casi imposible. Es por ello que, más allá del contenido específico de las sentencias, actuaciones como las del constitucional acaban siendo tan dañinas.

Gestionar la incertidumbre

bernyAbrí este blog tiempo después de firmar contrato con la editorial, como una suerte de ejercicio al que me obligaba con objeto de sobrellevar unos temores e inseguridades que me iban a acompañar hasta ver la obra publicada.

Craso error.

Al mismo ritmo que aumentaba la incertidumbre, apoyada en señales cada vez objetivas, decaían mis ganas de compartirla con nadie. Así que dejé de escribir.

Hoy  parece que las nubes se disipan. Y es un sincero alivio, aunque el paisaje que vislumbro me sitúa a un paso del peor escenario de los que en su día imaginé. Pero al menos empiezo  saber a qué atenerme y en cuanto vuelva a componer la situación, decidiré.

Nunca me han faltado arrestos para remontar desde cero, ni reinventarme, ni mutar. Sin embargo, me reconozco incapaz de gestionar la incertidumbre.