Umberto Eco

¿Saben ustedes para qué diablos sirve la semiótica?

La falta de respuesta a esta simple pregunta motivó en mi juventud un odio profundo hacia esa disciplina, para mi desgracia de curso obligatorio en la facultad de CIencias de la Información. Tanto renegué de ella que juré no leer ni una sola línea de la obra literaria de su más insigne apóstol, el profesor Umberto Eco. Bastante había tenido ya con sus escritos académicos.

Esta promesa, como tantas otras a lo largo de mi vida, acabó en saco roto cuando, tras vencer muchos prejuicios, me decidí a abordar “El Nombre de la Rosa”. Desde entonces creo que he leído todos sus libros y puedo asegurar que en su mayoría me han gustado. Algunos mucho y por encima de ellos, “El péndulo de Foucault”, al que considero una obra de referencia.

Recuerdo que, aun siendo una mera anécdota dentro de la obra, me impactó el capítulo dedicado a los autores autofinanciados, los AAF: escritores noveles, de vocación oculta a todos y eclipsada por su actividad profesional, que se veían a sí mismo como genios en espera de ser descubiertos. La editorial Manuzio, de la mano del señor Garamond, se encargaba de exaltarles el ego con la promesa de la fama y el reconocimiento que su talento merecían. A cambio desangraba sus finanzas obligándoles a pagar a precio de oro -y con toda clase de timos y engaños- la edición de sus propios libros; unas obras que, a la postre, jamás llegaban a las librerías.

“Manuzio no se interesa por los lectores… Lo importante, dice el señor Garamond, es que no nos traicionen los autores, sin lectores se puede sobrevivir”.

Cuando leí aquellos pasajes ya tenía la esperanza -aún muy vaga- de tratar de publicar algún día. Y recuerdo a la perfección que me dije a mí mismo que jamás sería un AAF. Si un editor profesional no confiaba en mi obra lo suficiente como para apostar su dinero, con menos motivo debería yo arriesgar el mío. Mi vanidad -que la tengo, y mucha- no llegaba a tanto. Y el orgullo me impedía siquiera imaginarme como uno de esos pobres autores desplumados en el tortuoso camino que debe llevar a la gloria. Quizá porque, en el fondo, no me era difícil reconocerme en ellos.

Esta promesa sí la he podido mantener, aún a costa de conservar mis originales rechazados por editores y agentes en un cajón. Y eso que, veintitantos años después, el negocio editorial creado alrededor del escritor novel se ha consolidado como un sector en sí mismo: Imprentas, estudios de autoedición, servicios de todo tipo, premios literarios en los que los ganadores acaban pagando por ver impresas sus obras ganadoras y editoriales que publican absolutamente todo siempre y cuando aflojes el bolsillo. Nunca he querido entrar en ese juego. Además, desde que Amazon democratizó la autoedición, tan siquiera es necesario.

Si nada se tuerce, mi libro saldrá a finales de este 2016, publicado por una editorial tradicional y con una distribución tradicional. Haberlo conseguido sí exalta mi vanidad, esa de la que antes comentaba que me sobra. Por desgracia, cada vez que piense en ello, recordaré que Umberto Eco ya no está y que sus reflexiones sobre los AAF fueron sólo una trivialidad de entre las muchas enseñanzas que extraje de sus libros.

Además, tantos años después, cuando ya no siento la menor presión académica ni me interesa el sentido práctico de las cosas,, he acabado entendiendo para qué sirve la semiótica.

Descansa en paz, maestro