Bernardo Muñoz Carvajal

Página oficial de Bernardo Muñoz.


noviembre 20, 2025

Guantanamera

El restaurante La Vitrola, situado en la plaza Vieja de La Habana, es un rincón anclado en los años cincuenta. Sus paredes y techos rinden culto a esa década a través de objetos de lo más variado: televisores en blanco y negro, antiguos aparatos de radio, posters de artistas de rompe y rasga, fotos de tipos con pinta de gángsters, muebles de época o carteles de bellas mujeres publicitando cerveza, ron o helados. Una suerte de museo que navega entre lo kirsch y lo vintage capaz de sumergir al visitante en la Cuba previa a la revolución; un periodo que se evoca, de forma premeditada o no, como un tiempo tan lejano como feliz. Pensamiento éste peligroso, al que los versos de Carlos Puebla ya se encargaron de poner freno:

Y en eso llegó Fidel.
Se acabó la diversión.
Llegó el comandante
y mandó parar.

Sin embargo, no hay peligro de que el ambiente de La Vitrola aliente pensamientos contrarrevolucionarios en la población local. Básicamente por falta de exposición, ya que la inmensa mayoría de cubanos no pueden permitirse comer aquí. A lo sumo invertir en algún café mientras se busca clientes o se descansa de ellos, como hace la jinetera que, conchabada con algún empleado y acompañada de su hombre, ocupa una mesa cercana. Tendrá trabajo para recuperar el coste de la bebida. Para desgracia de la mulata, ni mi cuñada, ni mi esposa, ni yo, los únicos comensales, damos el perfil que busca. De esta isla parecen huir ya hasta los turistas. La pareja no tarda en despedirse.

Tras apurar los postres mis acompañantes también marchan, imagino que al lavabo. Me descubro solo en La Vitrola, rodeado de cachivaches tan viejos y oxidados como yo y observado por fotos de personas ya muertas que, desde sus sonrisas, me recuerdan que los tiempos felices acaban siendo sólo imágenes congeladas.

En ese momento arranca la orquesta. Siete músicos arracimados en un espacio de dos metros cuadrados, emergidos desde la nada, dispuestos a desgranar su repertorio para un solo espectador.

Con los pobres de esta tierra
quiero yo mi suerte echar

Me invade una tristeza infinita. Porque aunque con los pobres de la tierra quiera yo mi suerte echar, lo cierto es que esta tarde abandonaré La Habana sabiendo que sólo los más pobres de esta tierra, los que no pueden escapar, echarán aquí su triste suerte.

Yo sé de un pesar profundo
de entre las penas sin nombre

Esta tarde marcharé con la tristeza de dejar atrás un país que parece no importar ya a nadie. La perla del Caribe, que a tanta gente enriqueció, se ahoga en la desesperanza mientras se cae a pedazos, como sus sueños. Los ideales no alimentan, ni los más nobles. Ante la catástrofe, es mucho menos importante cuestionar las causas de la tragedia que tratar de sobrevivir entre los restos del naufragio.

La esclavitud de los hombres
es la gran pena del mundo

La negra Tomasa no tiene comida para cocinar, ni café que colarle a su enamorado y la flaca de Pau Donés, más escuálida que nunca, ni durmiendo de día engaña el hambre. El son suena triste en voz de unos músicos que no cantan por placer ni por arte, que les sobra, sino porque necesitan mendigar a los turistas, pues ni sus salarios ni sus pensiones de mierda les alcanzan para vivir. Si tú me dices ven, lo dejo todo suena cada día en la embajada de España y hasta la negra Tomasa o la flaca coral negro de la Habana tratan de encontrar en su árbol genealógico un abuelito gallego.

Y antes de morirme quiero
echar mis versos del alma

Esta tarde marcharé siendo consciente de que es muy probable que nunca vuelva, que a mi edad el tiempo se empieza a escurrir de entre los dedos y que debo aprender a decir adiós. Es la segunda vez que visito la isla y, a buen seguro, la última.

Nunca hubiera imaginado una despedida así.

De repente me levanto de la mesa y pido a la orquesta que, antes de abandonar Cuba, toque para mí Guantanamera. Cuando mi mujer regresa justifico las lágrimas con que la recibo apelando a un desbordamiento de recuerdos antiguos y de emociones recientes. Y mucho de eso hay, sin duda, pero sobre todo lloro porque la belleza de los versos de José Martí, convertidos en un canto de amor entre los hombres, continúa removiendo mi conciencia

Guantanamera, quizá la canción más hermosa jamás compuesta, ha acabado siendo también la más triste.

No es justo.

De locos y cuerdos


Aunque sienta cierto rubor al decirlo, debo confesar que cuando entré a trabajar en la Fundació Privada el Molí d’en Puigvert pasé bastante tiempo tratando de dilucidar quién era cuerdo y quien no de entre mis nuevos compañeros de trabajo. Trece años después marcho de la entidad y sigo sin saberlo, pues hace ya mucho que renuncié a averiguarlo. En concreto, desde que descubrí que me daba igual, que no me importaba nada. También cuando entendí que, en mi ignorancia, había tratado de hacer distinciones bajo un paradigma tan simplista como equivocado: el de clasificar a las personas en función de un dictamen médico.

En el Molí he tenido grandes compañeros de trabajo y con todos ellos me he sentido querido y arropado. Cierto que en un grupo humano de más de doscientas personas es fácil encontrar las más variadas tipologías. Pero puedo asegurar que no siempre los caracteres más difíciles los hallé alineados en en las filas de los diagnosticados. Y que en el otro bando encontré pocas mentes retorcidas y ningún aprendiz de brujo.

El Molí me ha enseñado que todos somos tan locos como cuerdos y que nuestras mentes son demasiado singulares y complejas como para encerrarlas en una sola etiqueta. También que por encima de protocolos médicos y certificados existen personas. Con sus fortalezas, debilidades, angustias, ilusiones, miedos, obsesiones, anhelos y manías. En mayor o menor grado. Personas tan reales y maravillosas como aquellas con las que he tenido el inmenso placer de compartir trece años de mi vida.

Con todo cariño.

marzo 12, 2024

La Plaza Llucmajor

Plaza llucmajor

Leo con asombro unas declaraciones del actor Secun de la Rosa, en las cuales confiesa haber recibido muchos palizones en el metro durante los años ochenta por el mero hecho de viajar leyendo libros. Razzias que se sucedían mientras realizaba el trayecto entre la Plaza Llucmajor y el Paseo de Gràcia, esto es, desde la periferia hasta el centro de Barcelona. Para evitar equidistancias, de la Rosa sitúa el epicentro del peligro en la Plaza Llucmajor, aclarando que era en mi barrio donde prodigaban los quinquis.

Y no le falta razón. En la plaza Llucmajor había más quinquis que en el Paseo de Gracia, eso es innegable. Por no hablar de macarras,  lolailos, charnegos, desclasados y barriobajeros. Pero doy por seguro de que en gente honrada y trabajadora también ganábamos por goleada a los de esa elitista vía. En mi barrio había mucho manguis pero poco ladrón de verdad. Los de esa calaña, los que roban a manos llenas, suelen habitar en zonas mucho más exclusivas.

La plaza Llucmajor podía tener sus peligros, no lo niego. En un par de ocasiones intentaron atracarme y en una de ellas casi lo consiguieron. Puta heroína. Claro que, visto en retrospectiva, dos incidentes en los veinticinco años que viví ahí tampoco suponen tan mal ratio. Quizá se explique porque, ahora lo entiendo, los quinquis andaban todo el día tan atareados en apalizar al pobre de Secun de la Rosa, que apenas disponían de tiempo para más.

Para quienes no sufrimos tal martirio, la plaza Llucmajor tenía sus atractivos. La Plaza eran los chuchos de “La Exquisita”, el olor a fritanga de la churrería, los paquetes de pipas, los sonidos del tiovivo y los chicles Bazooka del quiosco. Pero, sobre todo, la Plaza Llucmajor era para mí una larga valla de hierro, de mediana altura, que separaba la entrada del parque de la Guineueta del parterre que acababa en la parada de autobuses. Al igual que mis amigos, en algunos de sus barrotes verdes dejé grabado el molde de mi culo, encallecido a base de aposentarlo ahí, día a día, durante años.

Lo nuestro era dejar pasar el tiempo sin otra cosa que hacer que charlar y observar al personal. Porque, como punto de encuentro de un barrio tan nuevo como grande, el alma de la plaza Llucmajor la conformaba la savia de su gente joven: guapas repintadas, currelas, esclavos del bar Jardín y de la Kasbah, chulos con el peine asomando por la trasera del Samblancat, pijos de extrarradio, rumberas, progres experimentales, moteros de Cota o Enduro, algún que otro artista y bastantes aspirantes a políticos. Y es que, aún antes de que Franco la palmara, en la Plaza Llucmajor las octavillas ya volaban y algunos tenderetes de partidos políticos, de esos de quita y pon, se atrevían a desafiar a una dictadura agonizante.

Yo viví la explosión tras la muerte del dictador, cuando muchas formaciones de izquierda empezaban a asomar la cabeza para buscar su espacio en el tablero político: PSOE, PSP, PSC, PSUC, PCE en sus varias acepciones, OCE, Bandera Roja, LCR, los de la CNT… Todos muy rojos, como corresponde a un barrio batallador y obrero. En la Plaza LLucmajor nunca vi paraditas de Alianza Popular, UCD o Convergència. Intuyo que estas formaciones solían manejarse mejor por la zona del Paseo de Gràcia.

En definitiva, en la Plaza Llucmajor pasé buena parte de mi adolescencia y juventud, cambié el mundo mil veces con mis amigos, hice y deshice planes, deshojé margaritas, di mi primer beso como enamorado y paseé con la chica más guapa del mundo. De la plaza debo mi curiosidad por observar a las personas e inventar historias acerca de ellas. Y como lo mío era provocación pura, en el metro, de Llucmajor a Alfonso X y viceversa, leí a pecho descubierto cuanto se me puso a tiro: libros, periódicos, revistas, apuntes, portadas de discos y hasta prospectos médicos si no tenía otra cosa a mano. Es más, cuando me rotaba, era incluso capaz de sacar papel y boli para dibujar o escribir.

Huelga decir que jamás sufrí un rasguño, ni nadie me interpeló por ello. Quizá los posibles agresores se cortaran al ver que, según el día, yo mismo lucía una pinta que mezclaba a Pijoaparte y a un Torete con estudios. El caso es que, inconsciente de los peligros que me acechaban, fui feliz en mi plaza y en mi barrio. Por tanto, y dando por sentada la veracidad de cuanto cuenta Secundino, no puedo por menos que agradecerle su enorme sacrificio. Al acaparar él todas las hostias que se escaparon en la estación de Llucmajor durante una década, permitió que tantos y tantos jóvenes pudiéramos leer tranquilos en el metro sin ser molestados. Un mártir con vocación de punching ball a quien, no me cabe la menor duda, la historia acabará colocando en el lugar que merece.

De la misma forma que la Plaza Llucmajor acabó perdiendo su nombre en favor del actual de Plaza de la República, abogo para que, en cuanto sea posible, cambie de nuevo y pase a denominarse Plaza de Secun de la Rosa.

junio 22, 2022

Apuntes sobre el pasado secreto de Layla.

Los que sepáis quien es Layla podréis imaginar lo escabroso de su pasado. Y lo peligroso que puede ser indagar en él. Por eso, somos muy pocos los que conocemos del placer casi morboso que la sicaria experimenta en esparcir, siempre de forma anónima, fragmentos íntimos de su propia biografía.
La siguiente historia apareció entre los muchos relatos presentados a un concurso organizado por una cadena de hoteles. Podría decir que fue un hallazgo casual, pero mentiría. Arriesgo tiempo, dinero y quien sebe si mi vida persiguiendo estos testimonios. Y Layla lo sabe pues, la muy ladina, presentó este cuento usando mi nombre.
Dudo que ella –o yo- gane el certamen. Y es que la narración ahuyenta más que invita a visitar un hotel, propósito principal del organizador, imagino. Pero me he decidido a hacerlo público pues arroja luz sobre algunos rasgos de nuestra asesina favorita. Detalles que, hasta el momento, solo nos atrevíamos a conjeturar.
Espero (por mi propio bien) que Layla perdone esta nueva indiscreción, la segunda tras “El violinista”. Ahí va el cuento

“Al entrar me crucé con el botones que me miró con asombro.
Aunque fingió no reconocerme, su rictus de estupefacción le delató. Yo también disimulé. Pero ahí estaba, veinte años mayor, con un uniforme similar al que lucía en aquel hotel de Moscú cuando, a causa de un error mío, apareció portando el desayuno en la suite del magnate ruso al que acababa de asesinar.
El muchacho quedó petrificado, incapaz de asumir tanta carnicería, o el papel de esa mujer cubierta de sangre que, machete en mano, le miraba con ojos felinos. Aunque el oficio exigía matarlo cuanto antes, algo que percibí en su rostro me frenó. Era un ser bellísimo, angelical, una criatura tan pura que, en contraste, me hizo sentir sucia, por dentro y por fuera. De repente experimenté unas ganas terribles de limpiarme y exigí al muchacho que me ayudara a quitar la sangre del cuerpo. El joven se aprestó a obedecer. Mientras yo me relajaba bajo el agua, él también pareció recuperarse de su estupor.
Antes de marchar observé por última vez su hermoso cuerpo desnudo y pronuncié la frase inevitable: “Si alguna vez nos volvemos a encontrar sabes que tendré que matarte”
Hoy hemos fingido no reconocernos. Pero, al llegar a la habitación, el baño estaba preparado”
mayo 11, 2022

ELS TIMBRES DE PREMIÀ DE MAR (relat curt)

Diuen que tots els camins porten a Roma. Potser és cert, no ho sé. Però el que sí que puc assegurar és que, almenys en dies lectius, a les 8 del matí tots els camins de Premià de Mar condueixen al carrer Rafael de Casanovas. Sobre aquesta hora, una capil·laritat d’adolescents en peregrinació puntual engreixen les vies de la localitat a mesura que s’aproximen a l’Institut de Secundària. Sols o en petits grups, a peu, amb bicicleta o patinet, constitueixen una barreja d’acne i hormones tancada en cossos cada cop menys petits. Una serp humana que es nodreix amb un exèrcit de tímids, dolentots, progres, chonis, indepes, esportistes, rapers, porretes, friquis i d’altres incapaços encara de definir-se.

Jo vaig ser una gota més d’aigua en aquell riu, des dels dotze fins als divuit anys. Acovardit pels grans al principi i exigint respecte als petits en la darrera etapa. Un viatge iniciàtic,  on vaig riure al costat dels meus companys, plorar els primers desamors i, sobre tot, descobrir noves realitats. Per exemple, quant variava el paisatge urbà des dels blocs d’habitatges del meu modestíssim barri fins a l’opulència de les mansions de carrers com ara Batlles, o Capitans de Mar, molt properes a l’institut. Veient aquelles cases, tant diferents al meu piset, sovint em preguntava com devia ser la gent que hi vivia allà. També si aquelles persones (más…)

febrero 25, 2022

El reloj de la barbarie

Cuando consideré acabar mis presentaciones alertando que estábamos a 5 minutos de volver a padecer la NO CULTURA DE LA GUERRA, me planteé si valía la pena exponer algo tan duro en una celebración lúdica. Finalmente lo hice, convencido de que, más que nunca, era responsabilidad de quienes tenemos acceso a la transmisión de la cultura hacer bandera de valores como Igualdad, Fraternidad, Libertad o Justicia. Sin embargo, en mi fuero interno, confiaba en que el tiempo se detuviera antes de que transcurrieran esos 5 minutos que nos separaban de la barbarie.

Por desgracia mis previsiones no se han cumplido. El reloj ha sido inexorable. Pero aunque la realidad me dé una hostia detrás de otra, aunque en la fragilidad de mi plano interior llore de impotencia, os prometo que seguiré trabajando, de la forma en que mis pobres medios lo permitan, en contribuir para construir un mundo más humano.

El banquete de los detectives gourmets.

El algodon no engaña

El algodón no engaña

El banquete de los detectives gourmets. (O el misterio del mayordomo muerto en la casa de Pepe Carvalho)

En la chimenea de la casa de Vallvidrera arde «El sueño eterno» de Raymond Chandler.  Ocupando buena parte del salón, los invitados se reparten las tareas. Suena «Qualsevol Nit Pot Sortir el Sol».  De la canción han reclutado a Carpanta, quien se relame ante el desfile de platos.  Salvo Montalbano ha aparecido con una bandeja de arancini. Kostas Jaritos aporta una fuente de tomates rellenos, gentileza de su mujer. Georges Dupin, el más nuevo del grupo, se ha encargado del marisco y Maigret, uno de los más veteranos, del pollo al vino blanco. A Ricciardi no le ha dejado venir su aya y Brunetti, por machista, se quedará en la cocina fregando platos. La inspectora Salazar luce radiante entre los comensales. Echará de menos a Petra Delicado. Su amiga ha declinado acudir como acto de protesta. Le parece lamentable tan poca representación femenina en una reunión de detectives y policías gourmets. Ajeno a esta controversia, Poirot sigue concentrado en conseguir que sus dos huevos pasados por agua, de idéntico tamaño, presenten un perfecto eje de simetría respecto al plano de la mesa.

Carvalho ha dejado preparada la caldeirada y se concentra en los vinos.  Riojas a los que el tiempo ha hecho aún más nobles, Riberas de los de antes y Prioratos, unos caldos que, intuye, van a dar que hablar en los próximos años.

De repente, un grito en la cocina.

El cadáver reposa sobre la amplia mesa de trabajo. Le han practicado un corte preciso a la altura de la femoral y la sangre, canalizada a través de una vía, se deposita mansa en un barreño. Todos se miran estupefactos. Por una parte, temen que  ese crimen tan inoportuno les arruine la comida. Por otra, el misterio que aquel cuerpo anuncia espolea sus sus más íntimos instintos de sabuesos y huelebraguetas. Porque el caso se presenta difícil. Vean si no: el muerto no es otro que el propio mayordomo

En ese momento emerge una voz a espaldas de ellos.

-Buenas tardes, amigos míos, encantado de estar con vosotros. Debéis disculparme. Vengo de muy lejos y no soporto la comida congelada.

Aclarada la intriga, los invitados saludan con cariño a Hannibal Lecter y continúan con la fiesta.

 

Nota: este cuento debe mucho al blog «Gastronomía negra y criminal » de Montse Clavé  y al artículo de Manel Bonafacia «Las recetas preferidas de los detectives gourmets». Dicho queda

marzo 03, 2016

Novela negra y música

jazz y novela negraLa novela negra, por propia definición, se identifica poco con las imágenes en color. Lo suyo es la escala de grises. De la misma forma, nadie imagina la banda sonora de una buena historia criminal a ritmo de polca o de tecno pop. Lo suyo es el jazz o a lo sumo un blues eléctrico, tipo escuela de Chicago.

El cine tiene mucho que ver con esta asociación tan contradictoria. Y es que resulta paradójico que música afroamericana y de origen rural identifique a unas historias urbanas, protagonizadas casi siempre por blancos.

En España música y género negro han tendido a transitar por separado, con notabilísimas excepciones. La colaboración entre Andreu Martín y Dani Nel·lo nos ha dado tanto libros como un buen puñado de temas de jazz y rythm & blues, unidos en la serie «asesinatos en clave de jazz».

Con Thelonious Monk en la cabeza, Xavier B. Fernández parió “el sonido de la noche”, un delicioso libro en el que el jazz se respira articulando una historia negrísima.

Y si hablamos de blues y jazz, difícil es no mencionar el rock. Aquí sí que contamos con un escritor de referencia, Carlos Zanón, responsable de títulos tan elocuentes como “Yo fui Johnny Thunders” o “Marley estaba muerto”. Para Carlos la música no es un telón de fondo, un paisaje o una excusa. El rock, su cultura -si es que la tiene- toma papel principal y forma parte de las sórdidas historias que desgrana el autor barcelonés.

Más allá de la música anglosajona, obligado es recordar a Manuel Vázquez Montalbán y su “Tatuaje”, con referencia explícita al cuplé de Concha Piquer. Pero hay más aportaciones.

Personajes de una novela negra que nunca se ha escrito –«Las Leyes de la Frontera» de Javier Cercas escapa a esa clasificación- fueron también los quinquis de los setenta cuyas aventuras glosaron Los Chichos o Los Chunguitos. Y es que el universo de ladrones, camellos, asesinos, delatores, malas mujeres y policías torturadores que estas canciones detallan, se sitúan de lleno en el género.

Al igual que los narcocorridos mexicanos. Popularizados por Los Tigres del Norte, podríamos definirlos como historias criminales cantadas, de por general con conocimiento de causa.

Y llegados a este punto,  si hubiera que destacar un relato musicado de corte negro y criminal éste sería el famosísimo “Pedro Navaja” de Rubén Blades. Pocas veces la fusión de melodía y texto ha funcionado tan bien para narrar una historia.

Por cierto, su autor hizo una continuación a esta canción, “Sorpresas”, mucho menos conocida pero con un texto igual de intenso y divertido. Juzguen ustedes mismos.