Bernardo Muñoz Carvajal

Espacio personal de Bernardo Muñoz.

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Editorial Funambulista

Editorial Funambulista

Editorial Funambulista

Os anuncio que mi libro, cuyo título espero hacer público en breve, será editado por Editorial Funambulista Un orgullo que va más allá de las aspiraciones que, como escritor, imaginé

Si algun adjetivo define a Funambulista es prestigio. Por el trabajo que realiza y porque su ADN recoge la esencia de la mejor tradición editorial de este país.

Para entender qué es Funambulista hay que conocer a su creador, Max Lacruz y recordar también que su padre, Mario Lacruz,  fue un  editor de los llamados legendarios. Un hombre que trabajó, desde las diferentes editoriales en las que realizó su labor, con lo mejor de las letras en español de los últimos cincuenta años. Baste decir que mis tres mayores referentes en literatura (mis tres queridas “M”: Marsé, Montalbán y Mendoza) publicaron con él.

Mario Lacruz fue además un excelente escritor. SU novela, “el inocente” se considera de forma unánime la precursora de la literatura policíaca en español.

Reconozco que ser acogido en Funambulista y hacerlo además con una novela de corte negro, supone un plus de responsabilidad. Por la confianza que me ha demostrado Max,  y por la tradición literaria que arrastra.

Solo espero estar a la altura.

Radio Nights. Chris Isaak.

Chris Isaak Summer holiday

Chirs Isaak

¿Quien recuerda aquel amor de verano?

Muchos, sin duda. Aunque pocos han sabido cantarlo tan bien como Chris Isaak en su tema Summer Holiday.

Una voz que derrite en su lamento y que quema más que el sol.

Os aviso: Cuando llegue el “La, la la la, la, la” más de uno o una se derretirá. Si no lo ha hecho antes.

Feliz verano y felices amores.

 

 

 

 

 

El vendedor de enciclopedias

Vendedor de libros

Vendedor de libros

Hace pocos días leí en el blog Notas para lectores curiosos un interesante artículo en el que su autora lamentaba del fin de las enciclopedias de papel. Una agonía inexorable que, razoné, también ha comportado la extinción de un venerable oficio: el de vendedor de enciclopedias.

Tenté suerte en el arte del puerta a puerta hace cuarenta y un años. Sólo duré tres días ejerciendo el oficio. Pero en ese tiempo conseguí cuatro socios para Xarxa Cultural, una alternativa en catalán a Círculo de Lectores (o su competencia Discolibro ¿alguien la recuerda?) que comercializaba también la Gran Enciclopedia Catalana. Todo un logro para alguien como yo que, en aquellos años, no hablaba ni una palabra en la lengua de Pompeu. Y un ejemplo de integración por parte de mis suscriptores, familias humildes castellano-parlantes de Bellvitge y el barrio del Congreso.

Claro que estos logros no eran nada comparados a los que consiguió un amigo mío. Jordi O era un hacha en la venta domiciliaria que llegó a desarrollar incluso un método propio. Su sistema, galardonado por la editorial para la que trabajaba, se basaba en el más puro común. Perder poco tiempo con quien no te compra y centrarte en el cliente predispuesto. Según Jordi, a quien lograbas vender una primera colección, podías colocarle a continuación lo que fuera. Y en la misma visita. Jordi fue un precursor de las ventas cruzadas.

Por desgracia, este mundillo no estaba exento de picaresca. En una ocasión me topé con un tipo interesado en captar suscriptores para una enciclopedia. Su idea era usar maiings, que deseaba contratar conmigo. Una iniciativa loable, salvo por un par de problemas. De entrada, de la supuesta obra no existía más que un folleto promocional. No se había impreso ni un libro. Tampoco pensaba pagarme los mailings, al menos de inicio. Su plan era fácil. Conseguir una cantidad suficiente de suscriptores que le permitiera costear mis gastos y la edición del primer tomo. A partir de ahí, a buscarse de nuevo la vida hasta lograr publicar el segundo. Y después el siguiente. Y el otro. La enciclopedia, cuya temática ya olvidé, tenía una previsión de veinte volúmenes.

Aún recuerdo a aquel tipo, exponiéndome su proyecto con toda seriedad. Había trasladado el despacho a su vivienda, pues le habían embargado la oficina. Ocupaba una habitación tan minúscula que tenía que saltar por encima de la mesa para acceder a su sillón. Decliné el trato con todo cariño y le recomendé que considerara hacer un par de retoques a su plan. Los suficientes como para no acabar en la trena. Nunca volví a saber de él. Espero que me hiciera caso.

Sea por cambio de hábito de los compradores o por la maldita Wikipedia el oficio de vendedor de enciclopedias ha muerto. Se ha quedado sin materia prima. Vaya desde aquí mi pequeño homenaje a este gremio que, por solidaridad, deseo hacer extensivo a todos los profesionales del puerta a puerta. Desde los vendedores de Avón o Tuperware hasta los legendarios cobradores de “los muertos”.

Podar una novela

revisando la novela

Corregir un texto es como podar una planta.

Lo primero es sanear. Arrancar de cuajo adjetivos machacones, adverbios repetitivos o interjecciones recurrentes, capaces de afectar a la salud del libro. Por no hablar de gazapos, erratas, faltas de ortografía u otras plagas que puedan haberse adherido a él.

Después toca recortar. Se trata de moldear el conjunto con sumo cuidado para que, sin que pierda su esencia, logre expresar todas sus cualidades.

Reconozco que soy un fiera eliminando malas hierbas ortográficas y gramaticales. Y que, aunque me lo pienso más a la hora de dar la forma última la texto, tampoco me tiembla el pulso cuando toca pasar la tijera.

La última revisión del libro recortó 12 páginas a la versión previa. La actual promete ser aún más drástica. Las imágenes hablan por sí mismas.

¡Como siga adelgazando el contenido al final me voy a quedar con un relato breve!

 

 

Revisando la novela. Empieza el rock and roll!!!

escritorio_novelaEn 10 días debo entregar la versión revisada de la novela. Una labor que tendré que compaginar como pueda con una inusual carga de trabajo en mi ocupación habitual (la que me da de comer, así que poca broma)

¡Mierda! Ahora que por fin empieza la fiesta, me va a pillar con el paso cambiado.

Terror

O quizá sólo sea que, tras una espera tan larga, la inminencia de la publicación me produce vértigo.

Por fortuna, la última versión del escrito ya estaba bastante trabajada. Aún así, quiero volver a ponerla a prueba. He organizado el trabajo de la siguiente manera:

Primero la leeré de un tirón, bajo una visión crítica. Me obsesiona su coherencia como obra: ritmo, intensidad, estilo, diálogos, etc. También volveré a diseccionar a los personajes. Nunca se trabaja lo suficiente para hacerlos más creíbles . Además, debo comprobar si cuanto narra sigue vigente para una edición de 2018. De hecho, ya he detectado algún comentario que necesita actualización.

Después la analizaré capítulo por capítulo. Ortografía, gramática, erratas y los mil y un gazapos que la obra puede esconder. Hay 18 capítulos, así que trabajo no me va a faltar.

Por último, y si aún me queda tiempo, volveré a leerla de cabo a rabo, para comprobar si los cambios afectan de alguna forma al estilo general.

¿Significará esto que la versión que entregue el próximo día 22 será la definitiva ¡NO! A partir de aquí intervendrá el editor, quien me ha prometido muchas y variadas sorpresas.

Ahora empieza el Rock and Roll. Y voy a ser sincero. Aunque intente justificarme exponiendo mis temores, en realidad estoy mucho más excitado que asustado.

Además, cuento con todos vosotros.

 

El escritor clandestino

El escritor clandestino clandestinoSi hay un rasgo esencial que diferencia a un escritor profesional de un amateur es que el primero ha logrado hacer de su vocación una actividad a la que dedicar tiempo y recursos. Por contra, el novelista aficionado se ve obligado a crear casi a hurtadillas. Y es que , salvo que se esté en el paro, se disponga de un trabajo muy relajado o se carezca de vida propia, las agendas de cualquier persona adulta dejan poco margen para la creación serena.  Escribir significa también robar tiempo de aquí y allá. Un ejercicio clandestino que llega a poner en riesgo relaciones afectivas, sociales e incluso laborales.

Una labor que suele realizarse de forma muy discreta. Ya sea por pudor, falta de autoconfianza o para que nadie ate cabos, el autor novel intentará no explicar en detalle a qué dedica en tiempo libre, o de dónde lo saca.

Escribir en estas condiciones se convierte pues, en una suerte de carrera de obstáculos. Máxime cuando hablamos de una obra mayor, como una novela. Parir una historia de 200 o 300 páginas ya es de por sí un ejercicio complejo, incluso para alguien con oficio y tiempo. Hacerlo a salto de mata, escribiendo a trompicones cada vez que se encuentra un hueco puede convertirse en una tarea titánica. Es fácil perder la pasión cuando escribir se convierte en retomar un relato aparcado durante semanas o meses, y continuarlo sin saber cuándo se volverá abandonar. Ni por cuánto tiempo. Se necesitan grandes dosis de constancia y autodisciplina para no tirar la toalla. Y una fe a prueba de bombas en lo que se está haciendo.

Y sin embargo, por dura que parezca la tarea, hay una obviedad que el proto autor debe tener grabada en la frente

Todos los autores, desde los desconocidos hasta los más famosos, prestigiosos, mediáticos o superventas, empezaron su carrera como escritores clandestinos, compaginando su afición con cualquier otro oficio. Y muchos no lo tuvieron nada fácil para sacar adelante su primera obra. O su segunda, o su tercera, o las que necesitaron hasta hacerse un huequecito.

Un espacio con el que, advierten todas las voces autorizadas que conozco, tampoco se logra vivir. Y es que la inmensa mayoría de escritores, incluso reconocidos, necesitan de otras fuentes de ingreso.

En mi caso particular, reconozco que no busco dinero en esto de las letras. Solo añoro tiempo. Y eso que, como autor clandestino, estoy acostumbrado a la escritura de guerrillas. Tanto que he acabado desarrollando algunas técnicas para evitar que mis proyectos se enquisten o acaben abandonados antes de acabarse

Algunos de estos trucos son inconfesables. Otros, en cambio, no me importará compartirlos. Eso sí, será en una próxima entrega.

Confesiones de un niño zurdo (a partir de un tintero vacío)

Pluma y tintero

Pluma y tintero

Se necesitan más de 80 cargas para dejar así de limpio un tintero. O lo que es lo mismo, hay que escribir mucho para vaciarlo

Derramar tinta sobre papel en forma de caracteres más o menos inteligibles nunca ha sido problema para quien suscribe.  Lo reconozco, me encanta escribir y además hacerlo a mano.  Y trufar mis apuntes con dibujillos, carotas, monigotes, subrayados, flechas y tachaduras.  Un proceso que suele dejar unas hojas en las que texto e imágenes se conjugan de forma tan enrevesada que sólo yo puedo entender el resultado.  Una evolución de más de cincuenta años desde mis primeras letras caligráficas hasta la abstracción ilustrada actual. Y un hito cuando pienso en las dificultades que tuve para empezar a escribir.

No era fácil ser zurdo para un parvulito en 1965.  Lo descubrí nada más entrar en la Academia Cirera, cuando mis profesores consideraron un deber extirpar mi terrible vicio de escribir con la mano equivocada. A fe mia que lo consiguieron, pero a fe mía que les costó sudor. Sangre por fortuna no hubo, y las lágrimas fueron todas mías. Porque ante aquella agresión opuse una resistencia numantina. Toda la que un crío de 4 años podía desplegar.

Aún recuerdo aquel calvario. Escribía las letras deformadas o al revés ( “Ǝ” en lugar de “E” ) y era incapaz de mantener una frase en su renglón.  Por contra, con la mano izquierda no sólo escribía bien sino que dibujaba con una soltura impropia para tan temprana edad. Mis profesoras estuvieron a punto de tirar la toalla. Para “reconducirme” tuvieron que hacer muchas horas extras. Como en clase no podían ocuparse de mi, me castigaban para que marchara mas tarde, junto a la flor y nata de los alumnos mayores de la academia, sancionados, esos sí, por sus fechorías reales.  Para mí, un alumno dócil y bueno, aquel trato resultaba humillante y vejatorio. Creo que aprendí a escribir con la derecha sólo para demostrarme que yo era un niño normal, no un delincuente.

La cuestión es que poco a poco empecé a enderezar las palabras. Y así hasta hoy. Un proceso que duró unos tres o cuatro meses pero que aún recuerdo después de más de cincuenta años.

No guardo rencor a las profesoras. Mis “seños” eran producto de su época. Para ellas, “enderezarme” formaba parte de su concepto de educación. Y aunque se aplicaron a la labor con todo celo, jamás emplearon conmigo malos gestos, chillidos o cosas peores. Algo que resulta obvio hoy día (bastante tortura era obligarme a escribir con la diestra) , pero  que no lo era tanto entonces. Basta decir que en aquella época las hostias volaban en los colegios en los que estuve. Propinadas por los profesores, claro.

¿Mi venganza? Ninguna, no soy un tipo rencoroso. Pero nadie ha logrado desde entonces que use la diestra para algo que no sea escribir. Soy un zurdo pertinaz a la hora de emplear cualquier herramienta, ejercitar el poco deporte que he hecho en mi vida, comer o tocar la guitarra. Respecto a otros usos propios de la adolescencia permitirán que no me pronuncie.

También me limpio el culo con la izquierda. Y cuando lo hago, en ocasiones, me acuerdo de aquellos que no entienden otra normalidad que la que asume la mayoría. Personas que creen que las diferencias son algo pernicioso en sí mismas, por el hecho de que ellos no las adoptan, o no las entienden. Y que deben curarse, o extirparse, o cortarse de cuajo, aún obligando a los demás a renunciar a ser ellos mismos

 

 

La inevitable muerte del libro impreso

Books burning in fire

La muerte del libro de papel, según Carvalho

¿Tinta o pixel? ¿Pantalla o papel? Para muchos analistas, la coexistencia del libro físico con su homónimo electrónico es meramente temporal. En veinte años, el libro impreso sobre papel habrá dejado de existir, o será una reliquia.

Y es que, más allá de la nostalgia, las ventajas del formato electrónico son brutales. Para la industria, pero también para el medio ambiente y hasta para el lector.

Industria

El e-book elimina de forma drástica los costes de producción, distribución y punto de venta, Las editoriales podrán ofrecer libros más baratos y con mayor beneficio para estas compañías. Incluso aumentando los porcentajes de ventas que aplican a sus autores.

Medio ambiente

Más del 40% de la madera que se procesa en el mundo se usa para fabricar papel. Un cuarta parte de los gases invernadero lanzados a la atmosfera proviene de la industria papelera y el 20% de los desechos mundiales tienen relación con el papel.  Un libro de formato medio consume más de 5 kilos de madera virgen. ¿De verdad merece la pena? Podremos seguir manteniendo estas agresiones medio ambientales?

Lectores

Las pantallas se han convertido en el principal soporte para el consumo personal de ocio. A través del móvil vemos películas, series de televisión y escuchamos música. También nos informamos de la actualidad y nos evadimos. Y compramos. Si el libro quiere sobrevivir como elemento de ocio cultural no tendrá otro remedio que integrarse en las plataformas de contenidos.

Ante tan abrumadoras ventajas, parece extraño que tengamos que esperar 20 años para completar la transformación digital de los libros. Y sin embargo, a fecha de hoy, los libros físicos parecen resistir mucho mejor el envite de Internet que, por ejemplo, música o cine. Basta observar el  espacio que aún ocupan en grandes almacenes frente a la brutal reducción del dedicado a discos o películas. Las bibliotecas aguantan mientras que los videoclubs son reliquia. Y es más fácil encontrar una librería en cualquier zona comercial que una tienda de música.

Sería ingenuo pensar que la supervivencia del libro físico se debe tan solo por el apego de los lectores al papel. También eran muy bonitas las enciclopedias, pero ya nadie las compra. O por temor de la industria a la piratería. El libro físico se copia ilegalmente tanto como el electrónico.

¿Cual es la razón de esta persistencia?

Personalmente, creo que el sector editorial no se ha volcado de lleno en el mundo digital porque piensa que todavía no es el momento. Una prudencia en la que pesa más la importancia que aún tiene a nivel mundial la industria del papel y todos sus derivados (maquinaria de artes gráficas, impresores, fabricantes de tintas,…) que cualquier otro criterio. Pero que en cuanto se de luz verde a la transformación el proceso será irreversible.

A medio plazo quedará como un placer para nostálgicos que, además, se lo puedan permitir. Y a largo, en un objeto para coleccionistas.

La aventura de editar. ¿Edición y autoedición? (2)

Publicar a través de una editorial tradicional no supone garantía de éxito para la obra. Como iremos viendo en sucesivas entregas, este modelo tan siquiera garantizará en muchos casos una distribución o una promoción suficientes.

La autoedición ha sido casi siempre el último remedio para quienes no  encontraban otra salida. Sin embargo, los tiempos cambian e Internet impone sus propias reglas. En la actualidad existen infinidad de recursos para que el autor que lo decida tome el control de su obra. Por tanto, crece el número de autores que asumen el rol de editor por voluntad propia . 

Al margen de la motivación de cada cual, vale la pena insistir en que autoeditar puede ser una opción perfectamente viable. Veamos:

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