Bernardo Muñoz Carvajal

Espacio personal de Bernardo Muñoz.

Categoría: reflexiones (página 2 de 2)

Mi curiosa relación con las drogas

amebasToda mi experiencia con las drogas se limita a unos cuantos porros fumados en mi juventud, liados siempre entre los dedos de otros y cargados con un costo que nunca compré yo. Pobre palmarés para un chaval que pasó su adolescencia y juventud a caballo -sin segundas- entre la década de los 70 y los 80. En la actualidad la única droga legal que aún me atrae -y mucho- es el vino, al que acudo de forma esporádica, más como un placer para los sentidos que como vía de evasión. Una pasión a la que además puedo dar alas en momentos puntuales, según qué beba y con quien lo haga.

Entiendo que, para algunos, tal bisoñez en materia de estupefacientes me sitúa de forma directa en la categoría de “pringao” o “tontolculo”. Pienso en los personajes de Carlos Zanón, cuyo excelente libro Yo fui Johnny Thunders acabo de leer. La verdad, me importa bien poco. Y menos, sabiendo qué obtuvieron a cambio tantos y tantas que, de forma inducida o no, acabaron transitando por el lado salvaje de la vida. Lou Reed ya no podrá pedir perdón a nadie pero alguien debería hacerlo en su nombre.

Sin embargo, reconozco que hay una droga que sí me hubiera gustado probar: el LSD.

Alucinar, abrir la mente, flipar en colores, escapar de la realidad o transportarme a mundos nuevos.son conceptos que, al menos sobre el papel, resultan seductores y que nunca he experimentado. En su momento me negué tanto por mi rechazo general a las drogas como por miedo a descubrir gracias al LSD partes ocultas de mí mismo que quizá no me gustaría conocer. Ahora, amén de todos estos argumentos, se suma la evidencia de que ya no tengo ni cuerpo ni voluntad para esta clase de aventuras.

Pues bien, acabo de pasar un episodio de gripe que me ha mantenido en cama a 38,5 de fiebre y creo haber experimentado síntomas similares: Y no hablo sólo de sudores y escalofríos. Me refiero a imágenes proyectadas sin control mientras una música, tan perfecta como desconocida, se repetía hasta la saciedad en la cabeza. Un tiovivo en perpetuo giro sobre el que mi cerebro, actuando por libre, se empeñaba en plantearme una y otra vez un enigma vital cuya imposible resolución hubiera aclarado la organización esencial del cosmos.

Durante toda una noche me he sentido como si tuviera que tirar de mí mismo para retener la cordura, mientras mi mente se empeñaba en arrastrarme en sentido contrario.

No sé si estos delirios se asemejan en algo a un viaje lisérgico. En todo caso, la experiencia ha sido tan espantosa que no me ha quedado la menor gana de repetirla. El año que viene me vacuno.

Lo dicho, ya no tiene uno el cuerpo para verbenas.

Novela negra y música (I)

jazz y novela negraLa novela negra, por propia definición, se identifica poco con las imágenes en color. Lo suyo es la escala de grises. De la misma forma, nadie imagina la banda sonora de una buena historia criminal a ritmo de polca o de tecno pop. Lo suyo es el jazz o a lo sumo un blues eléctrico, tipo escuela de Chicago.

El cine tiene mucho que ver con esta asociación tan contradictoria. Y es que resulta paradójico que música afroamericana y de origen rural identifique a unas historias urbanas, protagonizadas casi siempre por blancos.

En España música y género negro han tendido a transitar por separado, con notabilísimas excepciones. La colaboración entre Andreu Martín y Dani Nel·lo nos ha dado tanto libros como un buen puñado de temas de jazz y rythm & blues, unidos en la serie asesinatos en clave de jazz”.

Con Thelonious Monk en la cabeza, Xavier B. Fernández parió “el sonido de la noche”, un delicioso libro en el que el jazz se respira articulando una historia negrísima.

Y si hablamos de blues y jazz, difícil es no mencionar el rock. Aquí sí que contamos con un escritor de referencia, Carlos Zanón, responsable de títulos tan elocuentes como “Yo fui Johnny Thunders” o “Marley estaba muerto”. Para Carlos la música no es un telón de fondo, un paisaje o una excusa. El rock, su cultura -si es que la tiene- toma papel principal y forma parte de las sórdidas historias que desgrana el autor barcelonés.

Más allá de la música anglosajona, obligado es recordar a Manuel Vázquez Montalbán y su “Tatuaje”, con referencia explícita al cuplé de Concha Piquer. Pero hay más aportaciones.

Personajes de una novela negra que nunca se ha escrito –“Las Leyes de la Frontera” de Javier Cercas escapa a esa clasificación- fueron también los quinquis de los setenta cuyas aventuras glosaron Los Chichos o Los Chunguitos. Y es que el universo de ladrones, camellos, asesinos, delatores, malas mujeres y policías torturadores que estas canciones detallan, se sitúan de lleno en el género.

Al igual que los narcocorridos mexicanos. Popularizados por Los Tigres del Norte, podríamos definirlos como historias criminales cantadas, de por general con conocimiento de causa.

Y llegados a este punto,  si hubiera que destacar un relato musicado de corte negro y criminal éste sería el famosísimo “Pedro Navaja” de Rubén Blades. Pocas veces la fusión de melodía y texto ha funcionado tan bien para narrar una historia.

Por cierto, su autor hizo una continuación a esta canción, “Sorpresas”, mucho menos conocida pero con un texto igual de intenso y divertido. Juzguen ustedes mismos.

Umberto Eco, la editorial Manuzio y los AAF: autores autofinanciados

Umberto Eco

¿Saben ustedes para qué diablos sirve la semiótica?

La falta de respuesta a esta simple pregunta motivó en mi juventud un odio profundo hacia esa disciplina, para mi desgracia de curso obligatorio en la facultad de CIencias de la Información. Tanto renegué de ella que juré no leer ni una sola línea de la obra literaria de su más insigne apóstol, el profesor Umberto Eco. Bastante había tenido ya con sus escritos académicos.

Esta promesa, como tantas otras a lo largo de mi vida, acabó en saco roto cuando, tras vencer muchos prejuicios, me decidí a abordar “El Nombre de la Rosa”. Desde entonces creo que he leído todos sus libros y puedo asegurar que en su mayoría me han gustado. Algunos mucho y por encima de ellos, “El péndulo de Foucault”, al que considero una obra de referencia.

Recuerdo que, aun siendo una mera anécdota dentro de la obra, me impactó el capítulo dedicado a los autores autofinanciados, los AAF: escritores noveles, de vocación oculta a todos y eclipsada por su actividad profesional, que se veían a sí mismo como genios en espera de ser descubiertos. La editorial Manuzio, de la mano del señor Garamond, se encargaba de exaltarles el ego con la promesa de la fama y el reconocimiento que su talento merecían. A cambio desangraba sus finanzas obligándoles a pagar a precio de oro -y con toda clase de timos y engaños- la edición de sus propios libros; unas obras que, a la postre, jamás llegaban a las librerías.

“Manuzio no se interesa por los lectores… Lo importante, dice el señor Garamond, es que no nos traicionen los autores, sin lectores se puede sobrevivir”.

Cuando leí aquellos pasajes ya tenía la esperanza -aún muy vaga- de tratar de publicar algún día. Y recuerdo a la perfección que me dije a mí mismo que jamás sería un AAF. Si un editor profesional no confiaba en mi obra lo suficiente como para apostar su dinero, con menos motivo debería yo arriesgar el mío. Mi vanidad -que la tengo, y mucha- no llegaba a tanto. Y el orgullo me impedía siquiera imaginarme como uno de esos pobres autores desplumados en el tortuoso camino que debe llevar a la gloria. Quizá porque, en el fondo, no me era difícil reconocerme en ellos.

Esta promesa sí la he podido mantener, aún a costa de conservar mis originales rechazados por editores y agentes en un cajón. Y eso que, veintitantos años después, el negocio editorial creado alrededor del escritor novel se ha consolidado como un sector en sí mismo: Imprentas, estudios de autoedición, servicios de todo tipo, premios literarios en los que los ganadores acaban pagando por ver impresas sus obras ganadoras y editoriales que publican absolutamente todo siempre y cuando aflojes el bolsillo. Nunca he querido entrar en ese juego. Además, desde que Amazon democratizó la autoedición, tan siquiera es necesario.

Si nada se tuerce, mi libro saldrá a finales de este 2016, publicado por una editorial tradicional y con una distribución tradicional. Haberlo conseguido sí exalta mi vanidad, esa de la que antes comentaba que me sobra. Por desgracia, cada vez que piense en ello, recordaré que Umberto Eco ya no está y que sus reflexiones sobre los AAF fueron sólo una trivialidad de entre las muchas enseñanzas que extraje de sus libros.

Además, tantos años después, cuando ya no siento la menor presión académica ni me interesa el sentido práctico de las cosas,, he acabado entendiendo para qué sirve la semiótica.

Descansa en paz, maestro

Mis libretas Moleskine

libreta moleskineNo conozco mayor contenedor de emociones, secretos y sueños que un cuaderno. En él caben las ecuaciones del matemático, los garabatos aún abstractos de un niño, las notas de campo del biólogo, los bocetos y dibujos del artista, las rimas desconsoladas del poeta, los apuntes y resúmenes del estudiante, la contabilidad B del comerciante, los pétalos de rosa ya marchitos del enamorado, los planos secretos y acertijos del guardián del tesoro, la letra de las coplas del cantante,  o las notas a vuelapluma del escritor.

Mis libretas contienen un poco de todo esto: dibujos, esquemas, algún recorte y mucha, mucha letra, apretada en una confusión de mayúsculas y minúsculas trenzada por un aluvión de flechas, notas al margen y subrayados. A la hora de escribir, reconozco mi preferencia por las libretas MOLESKINE, cuyo estilo clásico y algo retro, casi romántico, me seduce.  Las uso por el mismo motivo por el que escribo con pluma estilográfica. Para no olvidar que, pesar de la informática y las nuevas tecnologías, somos herederos de la tradición amanuense.  Y porque escoger unas herramientas adecuadas forma parte de la disciplina, pero también del placer, de escribir.

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